Hasta que no podamos más

Los documentales sobre grupos musicales siempre le hablan al fan, aunque no lo pretendan. Y hay algunos artistas – probablemente los verdaderamente relevantes – que no pueden tener fans “moderados”. Si te gustan, te gustan muchísimo. Iron Maiden es sin duda uno de los grupos con los fanáticos más fieles, orgullosos y longevos de la historia de la música. Aquí no hay público de temporada, hay gente que los lleva escuchando desde hace más de 20, 30, o 40 años. Los fans de Iron Maiden han visto a su banda favorita caer y volver a levantarse. Han visto modas, géneros musicales y movimientos culturales nacer, transformarse y morir mientras la doncella de hierro ha permanecido en pie, fiel a sus principios, dándolo absolutamente todo en cada escenario para la alegría de 100 o 50.000 personas. En definitiva, el fan de Iron Maiden es uno que puede sentirse orgulloso de serlo. Y para ellos, Iron Maiden: Burning Ambition es todo un caramelo para que reafirmen , una vez más, su alineación.

Porque Burning Ambition, no es solo una carta de amor a Iron Maiden, es también una carta de amor DE Iron Maiden. A sus seguidores, a sus miembros, presentes y pasados, a su propia historia. La película de Malcolm Venville hace un recorrido por toda la historia de la mítica banda inglesa a base de imágenes de archivo y voces en off de los implicados, huyendo inteligentemente del amarillismo en el que caería cualquier documentalista de rock para reforzar la imagen que Iron Maiden siempre ha sabido dar: La de un grupo de músicos serio y profesional, que no hacen nada que no les guste y están dispuesta a hacer funcionar la maquinaria hasta que el cuerpo les aguante. Aunque eso implique salir de la banda, para salvarla, como el caso de Blaze Bayley (“el mundo es mejor si está Iron Maiden, declaró tras su salida). Todo bajo la batuta de un inquebrantable Steve Harris, la más improbable estrella del rock, que a base de determinación y una colección de canciones incontestable ha sido capaz de sacar a Iron Maiden de cada pozo en el que ha caído, hasta el punto de que afrontan sus últimos años de carrera en un pico de popularidad completamente imprevisible.

 

 

Los archivos de Maiden – que realmente, aportarán poco o nada nuevo a un fan que haya visto todos los documentales anteriores – se complementan con entrevistas a fans. Fans anónimos de todos los rincones del mundo, y algunos ilustres: desde los habituales de los documentales de rock como Tom Morello o Scott Ian (no está Dave Grohl, sorprendentemente), otros más alejados del metal como Chuck D de Public Enemy o Simon Gallup de The Cure, o el mismísimo Javier Bardem que se revela como fan absoluto de la Doncella. Para completar el metraje se presentan algunas recreaciones animadas de las portadas más míticas de la banda, dando algo de protagonismo a Eddie, la incansable mascota que ha sido la imagen oficial de Iron Maiden desde sus inicios. Si bien estas animaciones son algo chuscas, representan perfectamente ese otro lado de Maiden: La teatralidad inocentona de unos sexagenarios que tocan música mortalmente seria mientras simulan defenderse a guitarrazos de un zombie hinchable de 3 metros. Un concierto de Iron Maiden siempre ha sido épico y estrafalario a partes iguales y estos cortes (mal) animados de Eddie abrazan ese lado que la banda nunca quiso dejar atrás. 

 

 

En definitiva, Burning Ambition no es una obra imprescindible para quien ya sepa todo sobre Iron Maiden. Pero es una película bien montada, que se pasa volando, que recorre la historia entera con rigor y mucho respeto hacia su propia historia – lo que queda claro en los apartados sobre Paul Di'Anno y sobre todo Blaze Bayley – y cuyas imágenes de directo se disfrutan de maravilla en una pantalla de cine. Aunque no tiene nada de crepuscular, es posible que esta película tenga mucho de último legado. Pero como fan, no quiero pensar en eso. Nos quedamos mejor con las palabras de Harris: Iron Maiden va a seguir ahí. Hasta que no puedan más. Y nosotros también.