Un hombre, un perro, y un bosque

Hay cierto placer en encontrar películas que se pueden describir (y mejor aún, vender) con unas pocas palabras. Y que en tiempos en los que una película parece necesitar un giro cada 10 minutos para mantener la atención del espectador, aparezca “Brad Pitt y un perro perdidos en Alaska” y funcione tan bien como funciona En el corazón de la bestia, es una sorpresa de lo más agradable.

 

Sobre todo porque la nueva película de David Ayer – director generalmente proclive a perderse en sus propias ideas – es sencilla, pero no simple. 





El hombre, el perro, y una naturaleza apabullantemente hermosa y hostil son los tres elementos que Ayer nos presenta como base de la película. Pero hay más. El vínculo entre el ex soldado James Belmont y su perro de combate Odin, dos criaturas marcadas física y psicológicamente por la guerra; heridos, cansados, desconfiados del resto del mundo, que solo encuentran algo parecido a la paz huyendo a rincones recónditos que no están hechos para ellos es el verdadero corazón del film.

Hay que resaltar el trabajo que David Ayer, un tipo que siempre ha estado a un paso de caer en la parodia, ha hecho con Brad Pitt y los perros que interpretan a Odin. Porque el director de Illinois, que siempre ha tenido una mirada hipermasculinizada (en el peor sentido del término), lo tenía fácil para caer con Belmont en el risible tópico del hombre estoico moderno, como esos modelitos de instagram que se recortan la barba como Leónidas y se graban con su cámara de 2000 dólares cortando leña en el bosque. Pero, de algún modo, y probablemente gracias al libreto de Cameron Alexander, no solo se muestra más maduro que nunca, sino que nos ofrece su película más humana hasta la fecha. Belmont es capaz, pero no es un superhombre; Odin ha sobrevivido a traumas y mutilaciones, pero en lo más remoto de la naturaleza, hombre y perro son poco más que pequeñas presas. La salud flaquea, los fantasmas de la guerra les acechan en sueños, y la pura voluntad de mantener vivo a su compañero es lo único que les permite dar un paso tras otro. 

 




Para Pitt, este papel es un regalo. El actor, a sus 62 años, aún tiene el porte de una estrella de acción, pero es capaz de meterse en la piel de este soldado anónimo y cansado. Y sobre todo de expresar la preocupación, la empatía y el amor infinito hacia Odin, el pastor alemán con pie prostético y dientes de platino al que no quiere hacer víctima de sus errores. Pitt ofrece una interpretación eminentemente física, sobria, casi muda si exceptuamos la conversación con J.K. Simmons – un actor que levanta cualquier escena en la que aparezca – y el monólogo final, dando espacio a Odin y a las impresionantes localizaciones neozelandesas para que reclamen su valor en el resultado final; como afirmando que esta vez no todo gira alrededor de él.

 

David Ayer, que otras veces ha rozado lo peor que puede ofrecer una película de acción, pisa el freno y pone el foco en los pequeños gestos. La preparación, la anticipación. Ver a Belmont ordenar el contenido de sus maletas antes de volar huyendo de una tormenta es acción suficiente – como la de Robert Redford en cuando todo está perdido – si todos los elementos caen donde deben. Hay acción en el sentido más estricto de la palabra, pero si la película ha funcionado como debería, descubrirás que no es lo que estabas esperando. La meticulosidad y la comunicación entre James y Odin son el motor que mueve a los personajes por entornos que se vuelven más peligrosos a cada paso; y que Ayer haya sabido entender y trasladar esto en lugar de buscar el espectáculo es toda una sorpresa que corona a éste como su mejor trabajo hasta la fecha.





En el fondo, uno podría calificar En el corazón de la bestia como una de esas “dad movies” (nada peyorativo, de verdad). Una dad movie diferente a las que venía entregando Ayer en los últimos años en sus incursiones del subgénero de “pelis de Jason Statham”. Pero al fin y al cabo, una película sencilla, que se toma su tiempo, que no necesita sorprender, que huye del impacto fácil, que no busca generar conversaciones en redes. Ayer solo ha necesitado a un hombre, un perro, y un bosque para darnos lo mejor de sí mismo. Sencillo, y con corazón. Así son las sorpresas.